miércoles, 18 de septiembre de 2019

CANTO I


CANTO I
La primera partida

De la oculta Isla, parten los azanidas, hijos de los dioses,
Negra es su pequeña embarcación y tres son sus tripulantes.
Zetes, el soldado, hijo de Zeus, el oscuro de piel y pelo trenzado de Ébano;
Egeo, el cazador, hijo de Apolo, de hercúleo cuerpo y rostro curtido,
Y Zagreo, el negociador, hijo de Hades, pensativo mirando al mar.
Buscaban los tres la gloria que, el oráculo de Epimedes, había vaticinado.
Gloria para uno solo, solo para uno de los jóvenes de la Isla de los Bienaventurados.
Poca historia en su travesía, Apolo dios del Sol, los guio en su primera travesía,
Y los olímpicos observaban recelosos y entre cortinas,
Que ningún azanida fuera más que otro sin la gloria merecida.

Dos días placidos por las aguas griegas, llegaron a la isla de Cireo,
¡Antigua es la gloria que pisaron estas tierras! Ya es pasto de miseria.
Aspirantes a héroes como pequeños cabritos llegaban a un lugar desconocido,
Pero la presencia divina despertó expectación.
Zetes, caro a Zeus, y Egeo, caro a Apolo, no dudaron de su destino,
Valerosos y confiados hablaron con los cireonidas, de caras largas y ropas de olor a pez:
<< ¿¡Quién es vuestro rey!? Hablad,
Pues son los dioses los que nos han guiado a este lugar. >>
<< Epaminondas se llama quien nos gobierna,
Pero ni es rey, ni esto es un reino.
Pues pasada es la gloria de la Isla de Cireo,
Y ahora solo es pasto de miseria >>.
Y los héroes fueron a buscar al que no era rey, mientras Zagreo, caro a Hades,
Inútilmente buscó el amparo de su padre.
Hades, el rico, justo señor del Tártaro,
Al margen de los olímpicos, lejos de las peticiones del padre de hombres y dioses,
En la oscuridad, observaba y no observaba, decidía y no decidía,
Como el lobo que de noche pasea por los poblados,
Pero con hambre ya saciado, solo pasear en busca de Selene le complace.

Llegaron con Epaminondas, gobernante de Cireo,
Presentándose como los hijos de los dioses,
Pero fue el voluntarioso Zetes, hijo de Zeus portador de la égida,
Quien adopto la cabeza de héroe.
<< Zeus padre te de gloria, Epaminondas, rey de Cireo.
Bien sabrás tú responder al acertijo, de por qué las voluntades de los dioses,
Nos han traído hasta aquí. Y nosotros, hijos de inmortales,
Buscando gloria a ti hemos acudido >>.
Desconfiado Epaminondas, desgraciado en la vejez,
Desconfió de los héroes semi desnudos,
Desconfió de sus armas de débil metal,
Pero sin esperanza en su rostro, cansado les contó.
<< Apolo, de dorado carro, nos abandonó a la desgracia,
Al este se posa la bruma del que los mortales no vuelven,
Y aquellos a los que en el otro lado viven,
Ya no volvimos a ver.
Tiempo pasado el templo de Apolo dorado, nos dio buena cosecha y riquezas,
Abandonado en la bruma ahora está.
Pero si los dioses os envían, ¡Ea! Así sea, id si queréis,
Aunque no esperéis nada de nosotros, pues solo nos queda miseria >>

A la revelación se sumó el hijo de Apolo, Egeo, el de anchos hombros.
<< Si lo que dices es cierto, también es cierto lo que yo digo,
Que mi padre no os abandonado, pues aquí estoy,
Por su voluntad, para ayudaros.
Abastécenos y danos comida y monturas,
Y en nombre de mi padre, mejores días conseguiremos >>

Quedose de piedra, el sorprendido Epaminondas,
Que tardó en reaccionar, como si la mirada de una Gorgona le acertara.
Cubrió a los héroes de escaso cuero,
Dio tres yeguas para el viaje,
Y la poca esperanza que le dieron los héroes,
Se fue con la misma rapidez que llegó,
Pues se fue con ellos al interior de la bruma.




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