CANTO I
La primera partida
De la oculta Isla,
parten los azanidas, hijos de los dioses,
Negra es su pequeña embarcación
y tres son sus tripulantes.
Zetes, el soldado,
hijo de Zeus, el oscuro de piel y pelo trenzado de Ébano;
Egeo, el cazador,
hijo de Apolo, de hercúleo cuerpo y rostro curtido,
Y Zagreo, el
negociador, hijo de Hades, pensativo mirando al mar.
Buscaban los tres la
gloria que, el oráculo de Epimedes, había vaticinado.
Gloria para uno solo,
solo para uno de los jóvenes de la Isla de los Bienaventurados.
Poca historia en su
travesía, Apolo dios del Sol, los guio en su primera travesía,
Y los olímpicos observaban
recelosos y entre cortinas,
Que ningún azanida
fuera más que otro sin la gloria merecida.
Dos días placidos por
las aguas griegas, llegaron a la isla de Cireo,
¡Antigua es la gloria
que pisaron estas tierras! Ya es pasto de miseria.
Aspirantes a héroes como
pequeños cabritos llegaban a un lugar desconocido,
Pero la presencia
divina despertó expectación.
Zetes, caro a Zeus, y
Egeo, caro a Apolo, no dudaron de su destino,
Valerosos y confiados
hablaron con los cireonidas, de caras largas y ropas de olor a pez:
<< ¿¡Quién es
vuestro rey!? Hablad,
Pues son los dioses
los que nos han guiado a este lugar. >>
<< Epaminondas
se llama quien nos gobierna,
Pero ni es rey, ni
esto es un reino.
Pues pasada es la
gloria de la Isla de Cireo,
Y ahora solo es pasto
de miseria >>.
Y los héroes fueron a
buscar al que no era rey, mientras Zagreo, caro a Hades,
Inútilmente buscó el
amparo de su padre.
Hades, el rico, justo
señor del Tártaro,
Al margen de los olímpicos,
lejos de las peticiones del padre de hombres y dioses,
En la oscuridad,
observaba y no observaba, decidía y no decidía,
Como el lobo que de
noche pasea por los poblados,
Pero con hambre ya
saciado, solo pasear en busca de Selene le complace.
Llegaron con
Epaminondas, gobernante de Cireo,
Presentándose como
los hijos de los dioses,
Pero fue el
voluntarioso Zetes, hijo de Zeus portador de la égida,
Quien adopto la
cabeza de héroe.
<< Zeus padre
te de gloria, Epaminondas, rey de Cireo.
Bien sabrás tú
responder al acertijo, de por qué las voluntades de los dioses,
Nos han traído hasta
aquí. Y nosotros, hijos de inmortales,
Buscando gloria a ti
hemos acudido >>.
Desconfiado
Epaminondas, desgraciado en la vejez,
Desconfió de los héroes
semi desnudos,
Desconfió de sus
armas de débil metal,
Pero sin esperanza en
su rostro, cansado les contó.
<< Apolo, de
dorado carro, nos abandonó a la desgracia,
Al este se posa la
bruma del que los mortales no vuelven,
Y aquellos a los que
en el otro lado viven,
Ya no volvimos a ver.
Tiempo pasado el
templo de Apolo dorado, nos dio buena cosecha y riquezas,
Abandonado en la
bruma ahora está.
Pero si los dioses os
envían, ¡Ea! Así sea, id si queréis,
Aunque no esperéis nada
de nosotros, pues solo nos queda miseria >>
A la revelación se
sumó el hijo de Apolo, Egeo, el de anchos hombros.
<< Si lo que
dices es cierto, también es cierto lo que yo digo,
Que mi padre no os
abandonado, pues aquí estoy,
Por su voluntad, para
ayudaros.
Abastécenos y danos
comida y monturas,
Y en nombre de mi
padre, mejores días conseguiremos >>
Quedose de piedra, el
sorprendido Epaminondas,
Que tardó en
reaccionar, como si la mirada de una Gorgona le acertara.
Cubrió a los héroes de
escaso cuero,
Dio tres yeguas para
el viaje,
Y la poca esperanza
que le dieron los héroes,
Se fue con la misma
rapidez que llegó,

