sábado, 26 de octubre de 2019

Canto I, parte 2. (conclusión)

Canto 1 parte 2

Se adentraron en los horrores de la espesura,
Perceptivos como un esposa encinta
Y alerta como un pajaro de buena mañana.
Torpes faunos quisieron emboscarlos,
Y a todos ellos los héroes dieron cuenta.
El hijo de Apolo impetuoso como era,
Solo tenía ojos para la siguiente batalla,
De todas las ganadas,
Un trofeo siempre se llevaba,
Del fauno fue su cornamenta.

Buscaron supervivientes, y encontraron
Una pequeña resistencia
Atormentados por las arpías,
Aberraciones aladas, con torso de mujer,
Y garras de águila.
Sus hijos y tesoros se habían llevado,
Y los heroes, cansados,
Sintieron el pesar de los mortales.
<< ¡A las arpías daremos caza! >>
Gritaba el poderoso Egeo,
No será el pueblo de su padre el que sufra
Más por molestos seres.
Y así que las esperaron,
Con el ingenioso Zetes, caro a Zeus,
Que su espada hacía brillar,
Para atraer desde la montaña
La avaricia carroñera de las dueñas del cielo.

Una decena se abalanzó desde las alturas,
Sobre el hijo de Zeus padre de todos,
Pero este luchó con fervor,
Mientras Egeo y Zagreo, diestros en arco,
Lo cubrían en la distancia.
El hijo de Zeus salió victorioso,
Y los heroes dieron caza a todas ellas.
Recuperaron los tesoros de la gente,
Mas a los niños no pudieron,
Devorados habían sido todos ellos,
Y del horror de la muerte joven,
Se maldijeron por no llegar antes,
Del trofeo de Egeo cazador,
Un valioso huevo de arpía se llevo esta vez.

Dolor y alegría, se mezclaba en el pueblo liberado,
Y festejaron como debían,
Egeo impetuoso, con una mujer amaneció,
La de bellas caderas,
Agradecidos siguieron el camino,
Hasta el templo de Apolo dorado,
Pues un terror aun mayor, aguardaba.

Sorprendidos en la llegada,
Un pequeño lago de aguas negras,
Bañaba los pies del templo,
En uno de los lados,
Una serpiente gigante como un gran arbol,
Sangraba en su muerte.
Es una hidra, o quizás algo similar.
Les contaba el culto Zagreo,
Hábil en información,
Pero sorprendido por el tamaño,
Pues aun gigante, era más grande
En los fantásticos relatos de su padre,
Hades, rey del inframundo.

Los ruidos alertaron a los heroes,
Bandidos liderados por el infame Lares,
Saqueaban el templo
Y ofendian sin pudor a los dioses.
Cuando Egeo apeló a su padre,
Para que estos pararan,
Apolo fijó su mirada,
Y tal fue su rabia,
Que del fondo del lago despertó
A la enorme Hidra de Cireo,
Aquella que había engendrado una mas joven,
Y que enloqueció de furio al verla muerta.
El castigo de Apolo era enorme como el templo,
Y se lanzó a por todo movimiento,
Sea de mortal o semidiós,
Y bandidos y heroes tuvieron que luchar.
Siete cabezas del tamaño del torso de un hombre,
Siete horrores que desprendian,
De afilados colmillos,
El veneno con olor a muerte.

Zetes, caro a Zeus, no conoció miedo alguno,
Salto sobre el monstruo,
Y por la gloria de su padre,
A espada y puñal,
Con su bronce dañaba la inmensa criatura,
Egeo mal se las veía con una cabeza,
Y Zagreo, dentro del templo,
Pensaba tretas rápidas para la batalla.

Peor suerte corrieron los bandidos,
Quienes fueron cayendo uno tras otro,
Ante los mordiscos llenos de tartaro
Que la hidra lanzaba sin descanso.
Solo el infame Lares sobrevivió.

Egeo pudo dañar algo a la criatura,
Cuando las tretas de Zagreo,
Con un saco de gallinas,
Despistaron a las enormes cabezas.
Mientras el glorioso Zetes,
A lomos de la Hidra, la montaba como un equino,
Aferrandose a sus escamas,
Buscando su corazón,
Mientras dañaba sus cabezas sin cortarlas.
Y fue este, el hijo de Zeus,
Quien con su daga el corazón atravesó,
Y la Hidra de Cireo pereció
A orillas del lago del templo de Apolo dorado.

Y cubiertos de sangre y gloria,
Los heroes relajaron sus torsos hinchados,
Momento que aprovechó el infame Lares,
Para así robar al divino Apolo
El tesoro que receloso había guardado.
Fue el error del bandido,
Gritar en burla que ni el hijo de Zeus,
Que tan glorioso se creía,
Podía pararlo con un padre infame.
Y Zeus, que sus ojos hacía tiempo
Que orgullosos posaban en Cireo,
Enfureció dando a su hijo Zetes,
Fuerza divina en las piernas,
En las que una carrera digna de un semidiós,
Dio caza al infame para darle muerte.

Terminó así la gesta de los heroes,
Zagreo hijo de Hades,
Zetes hijo de Zeus,
Y Egeo hijo de Apolo.
Librando a Cireo de la maldición
De la temible Hidra y sus plagas. 

miércoles, 18 de septiembre de 2019

CANTO I


CANTO I
La primera partida

De la oculta Isla, parten los azanidas, hijos de los dioses,
Negra es su pequeña embarcación y tres son sus tripulantes.
Zetes, el soldado, hijo de Zeus, el oscuro de piel y pelo trenzado de Ébano;
Egeo, el cazador, hijo de Apolo, de hercúleo cuerpo y rostro curtido,
Y Zagreo, el negociador, hijo de Hades, pensativo mirando al mar.
Buscaban los tres la gloria que, el oráculo de Epimedes, había vaticinado.
Gloria para uno solo, solo para uno de los jóvenes de la Isla de los Bienaventurados.
Poca historia en su travesía, Apolo dios del Sol, los guio en su primera travesía,
Y los olímpicos observaban recelosos y entre cortinas,
Que ningún azanida fuera más que otro sin la gloria merecida.

Dos días placidos por las aguas griegas, llegaron a la isla de Cireo,
¡Antigua es la gloria que pisaron estas tierras! Ya es pasto de miseria.
Aspirantes a héroes como pequeños cabritos llegaban a un lugar desconocido,
Pero la presencia divina despertó expectación.
Zetes, caro a Zeus, y Egeo, caro a Apolo, no dudaron de su destino,
Valerosos y confiados hablaron con los cireonidas, de caras largas y ropas de olor a pez:
<< ¿¡Quién es vuestro rey!? Hablad,
Pues son los dioses los que nos han guiado a este lugar. >>
<< Epaminondas se llama quien nos gobierna,
Pero ni es rey, ni esto es un reino.
Pues pasada es la gloria de la Isla de Cireo,
Y ahora solo es pasto de miseria >>.
Y los héroes fueron a buscar al que no era rey, mientras Zagreo, caro a Hades,
Inútilmente buscó el amparo de su padre.
Hades, el rico, justo señor del Tártaro,
Al margen de los olímpicos, lejos de las peticiones del padre de hombres y dioses,
En la oscuridad, observaba y no observaba, decidía y no decidía,
Como el lobo que de noche pasea por los poblados,
Pero con hambre ya saciado, solo pasear en busca de Selene le complace.

Llegaron con Epaminondas, gobernante de Cireo,
Presentándose como los hijos de los dioses,
Pero fue el voluntarioso Zetes, hijo de Zeus portador de la égida,
Quien adopto la cabeza de héroe.
<< Zeus padre te de gloria, Epaminondas, rey de Cireo.
Bien sabrás tú responder al acertijo, de por qué las voluntades de los dioses,
Nos han traído hasta aquí. Y nosotros, hijos de inmortales,
Buscando gloria a ti hemos acudido >>.
Desconfiado Epaminondas, desgraciado en la vejez,
Desconfió de los héroes semi desnudos,
Desconfió de sus armas de débil metal,
Pero sin esperanza en su rostro, cansado les contó.
<< Apolo, de dorado carro, nos abandonó a la desgracia,
Al este se posa la bruma del que los mortales no vuelven,
Y aquellos a los que en el otro lado viven,
Ya no volvimos a ver.
Tiempo pasado el templo de Apolo dorado, nos dio buena cosecha y riquezas,
Abandonado en la bruma ahora está.
Pero si los dioses os envían, ¡Ea! Así sea, id si queréis,
Aunque no esperéis nada de nosotros, pues solo nos queda miseria >>

A la revelación se sumó el hijo de Apolo, Egeo, el de anchos hombros.
<< Si lo que dices es cierto, también es cierto lo que yo digo,
Que mi padre no os abandonado, pues aquí estoy,
Por su voluntad, para ayudaros.
Abastécenos y danos comida y monturas,
Y en nombre de mi padre, mejores días conseguiremos >>

Quedose de piedra, el sorprendido Epaminondas,
Que tardó en reaccionar, como si la mirada de una Gorgona le acertara.
Cubrió a los héroes de escaso cuero,
Dio tres yeguas para el viaje,
Y la poca esperanza que le dieron los héroes,
Se fue con la misma rapidez que llegó,
Pues se fue con ellos al interior de la bruma.




INTRODUCCIÓN

Los Azanidas es un blog dedicado a un juego de rol sobre mitología griega llamado "Semidiós". En él representaré las partidas como cantos homéricos (Atenea me perdone por las comparaciones a Homero y Hesíodo).
Con la idea de crear un juego del que se pueda disfrutar y aprender al mismo tiempo. Y con la apasionante interacción de los jugadores, puede que de aquí salga un libro que merezca la pena leer, una aventura épica que se escriba con el esfuerzo de los héroes.

A continuación un fragmento de la introducción del manual básico del juego:


La Isla de los Bienaventurados es en realidad un lugar remoto del mar Egeo, una isla donde los dioses tienen aislados del mundo a hombres y mujeres de una edad antigua ajenos a cualquier intervención exterior. Los dioses la utilizan para sus descansos, sus escapadas y, algunos, para sus infidelidades. Pues bien es sabido en aquella isla: “todo lo que pase dentro, no cuenta fuera”.
Un día que Hermes, Apolo, Artemisa y Atenea quedaron para tomar unos nuevos vinos con algunos lugareños pasó lo que cambiaría el destino de la isla y daría origen a este juego.
Hermes, a sabiendas que el oráculo Epimedes guardaba celosamente secretos de los lugareños. Retó a los dioses que le acompañaban a un inofensivo juego. Embriagarían a Epimedes y cada uno le haría una pregunta, aquel que descubriera el secreto más suculento ganaba.
Ya ebrio el oráculo, fue Apolo quien empezó:
-          Dime, Epimedes, ¿Qué es lo peor que hicieron los hombres de esta isla desde que vives?
-          En el paraíso de Zeus nunca pasa nada, pero… No muy lejos en el tiempo, un hombre mató a su hermano por celos y mintió alegando que fue un accidente.
Apolo quedó satisfecho y todos bebieron vino. Artemisa fue la siguiente.
-          Dime, Epimedes el que todo lo sabe, ¿Qué acto innombrable fue el peor cometido por las mujeres del lugar desde que vives?
-          En el paraíso de Zeus nunca pasa nada, pero… Una vez un viajero perdido llegó a las costas, y aunque se marchó al día siguiente, yació con la mujer de un hombre poderoso del lugar que desconoce aún que el hijo que ama no es suyo.
Artemisa quedó satisfecha y todos bebieron vino. Atenea era la última.
-          Dime, Epimedes el que siempre contesta, ¿Qué secreto guardas que no quieres revelar a los dioses?
-          Hasta ahora, en el paraíso de Zeus nunca pasaba nada, pero dice así lo escrito en las estrellas por el Destino:
“De los protegidos e hijos de los dioses,
Comenzará el viaje de muchos.
Solo uno completará el largo camino hasta la muralla de Poseidón,
Los dioses pelearan por sus hijos,
Solo uno subirá al hueco desde donde lo reclaman las estrellas.
Tras el silencio a la revelación, Hermes dio ganadora del juego a Atenea y todos bebieron.
Pero se corrió la voz, y como se predijo, los dioses compitieron por sus hijos. Pues que mayor honor para un padre es que su hijo alcance el más alto de los honores.

Comienza así el viaje de los azanidas, que significa “habitantes del paraíso de Zeus”.